Cumbres Borrascosas 2026: Guía de viaje a los escenarios de la película en Yorkshire

El misticismo de los páramos ingleses ha vuelto a capturar nuestra imaginación. Con el reciente estreno de la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas (2026), dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, la estética del Gothic Romance se posiciona como la tendencia visual absoluta de la temporada. Para la mujer que busca destinos con alma y narrativa, los escenarios de esta película no son solo locaciones, sino una invitación a explorar el lado más salvaje y elegante de Yorkshire.

 

 

El corazón de la filmación se trasladó al Parque Nacional Yorkshire Dales, específicamente a los valles de Swaledale y Arkengarthdale. Estos paisajes, conocidos por ser de los más indómitos del Reino Unido, ofrecen esa mezcla de melancolía y libertad que define a Catherine Earnshaw. Caminar por estos senderos es sumergirse en una paleta de colores tierra y cielos infinitos, donde las estructuras de piedra seca serpentean entre las colinas, creando una arquitectura natural que parece detenida en el tiempo.

 

 

Uno de los puntos más emblemáticos que vemos en pantalla es el Old Gang Smelt Mill. Estas ruinas de una antigua fundición de plomo, con su imponente chimenea de piedra, sirven como el telón de fondo perfecto para las escenas de mayor tensión emocional. Es aquí donde la historia de amor de Brontë se siente más tangible; un lugar donde la herencia industrial del siglo XIX se funde con la naturaleza, ofreciendo una parada obligada para quienes disfrutan de la fotografía de paisajes con un toque dramático.

 

 

Para quienes buscan una experiencia más cercana al estilo de vida del elenco, el pueblo de Low Row y el histórico Simonstone Hall son paradas clave. Durante el rodaje, este hotel de campo del siglo XVII se convirtió en el refugio de Margot Robbie, aportando esa sofisticación rústica que tanto nos gusta. Cerca de allí, el Surrender Bridge ofrece una de las vistas más icónicas del filme, recordándonos que, a veces, el verdadero lujo no está en la opulencia, sino en la capacidad de conectar con un entorno que nos desafía a sentir con mayor intensidad.