A veces, para viajar no hace falta un avión, sino un estímulo correcto para los sentidos. Hace unos días, la Ciudad de México se tiñó con el azul del Caribe y el ocre de la tierra dominicana. Bajo el concepto de una experiencia inmersiva, la República Dominicana trajo a la capital una muestra viva de lo que significa su cultura, lejos de los folletos turísticos y más cerca de las emociones.
El ambiente no se sentía como una convención, sino como una pausa tropical en medio del asfalto. El aire se llenó rápidamente del aroma tostado del café y la complejidad del ron dominicano, mientras el sonido de la bachata y el merengue dictaba el ritmo de la tarde. No se trataba solo de observar, sino de participar: de ensuciarse las manos preparando casabe tradicional o de dejar que el pincel fluyera en talleres de pintura inspirados en los paisajes de la isla.
El lujo de lo auténtico
Lo que quedó claro en este encuentro es que el lujo hoy no solo reside en una habitación de hotel, sino en la autenticidad. El país caribeño aprovechó este espacio para mostrar una faceta que va más allá del all inclusive. Se habló de sostenibilidad, de rutas de aventura que cruzan selvas y montañas, y de ese turismo de romance que busca escenarios naturales casi vírgenes.
La jornada culminó con una invitación abierta a redescubrir la isla a través de su hospitalidad. No como un destino más en el mapa, sino como un lugar donde la vitalidad y el ritmo son parte del ADN cotidiano. Fue, en esencia, un recordatorio de que el paraíso no es solo un lugar al cual ir, sino un estado de ánimo que los dominicanos saben contagiar muy bien.

Para quienes buscan su próxima escapada, propuestas como esta nos recuerdan por qué este rincón del mundo sigue siendo el favorito de quienes buscan alma en sus viajes. Puedes conocer más en http://www.godominicanrepublic.com/
