Un sueño nevado en los Alpenglobes de Stein Eriksen Lodge

por Melanie Beard

La nieve cae con esa delicadeza que solo existe en la montaña, como si el cielo aprendiera a caminar de puntillas. Avanzo despacio por la terraza del restaurante Glitreting de Stein Eriksen Lodge y el mundo parece aquietarse con cada paso. Frente a mí, una burbuja transparente emerge como un secreto bien guardado: el Alpenglobe, una promesa suspendida entre el bosque y el cielo.

Al cruzar su umbral siento que entro en otra dimensión, una donde el invierno deja de ser áspero y se vuelve contemplativo. Afuera, Deer Valley se extiende en tonos blancos y azules, infinitos, casi irreales. Adentro, la calidez se filtra lentamente, no solo por el clima controlado sino por la sensación íntima de estar protegida, como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa solo para nosotros. La transparencia del domo permite que la montaña sea parte de la mesa, que el paisaje se siente a cenar, que la noche observe en silencio.

Hay algo profundamente poético en comer rodeada de nieve sin sentir frío. El vidrio recoge el reflejo de las luces suaves, las copas brillan como pequeñas lunas privadas y el vapor de los platos recién servidos se eleva con una elegancia discreta. El tiempo, aquí, se diluye.

El menú llega como un relato cuidadosamente escrito. Cada platillo es un capítulo breve pero intenso, un diálogo entre la tierra y el mar, entre lo local y lo lejano. El foie gras sellado en brioche se presenta como una caricia inesperada: untuoso, delicado, contrastado por notas sutiles de coco y la fragilidad etérea del merengue de manzanilla. La grosella negra aporta un murmullo ácido que despierta al paladar, mientras el hisopo de anís deja un recuerdo persistente, casi aromático, que se queda conmigo incluso después del último bocado. No es solo sabor, es textura, es emoción, es memoria en construcción.

Luego llegan las patatas especiadas con cardamomo, acompañadas de col rizada que conserva su carácter, chalota crujiente que rompe el silencio y semillas que parecen rendir homenaje al corazón, tanto al físico como al simbólico. El gastrique de arce y canela envuelve todo con una dulzura profunda, montañosa, que sabe a bosque y a fuego encendido al caer la tarde. Es un plato que reconforta, que sostiene, que ancla.

Mientras tanto, afuera la nieve continúa cayendo, ajena pero presente. Observarla desde el interior del Alpenglobe es como ver una película sin sonido, hipnótica, meditativa. Las luces del lodge se reflejan en el cristal y por momentos no sé dónde termina el interior y comienza el paisaje.

Pienso en el cuidado detrás de cada detalle, en las manos del chef y su equipo que transforman ingredientes en sensaciones, en la intención clara de crear algo más que una cena. Aquí no se viene solo a comer, se viene a sentir. Se viene a habitar el momento. Los sabores hablan del lugar, del carácter de Deer Valley, de esa elegancia que no necesita ostentación, de ese lujo que se expresa en la comodidad absoluta y en la atención silenciosa.

El chocolate caliente llega al final como un abrazo necesario. Oscuro, especiado, profundo. Es el cierre perfecto, el punto final de una frase larga y hermosa. Lo sostengo entre las manos y siento cómo el calor se transmite lentamente. Afuera, la noche se ha vuelto más intensa, más cerrada, y la burbuja parece ahora un faro íntimo en medio de la montaña.

Stein Eriksen Lodge tiene algo de refugio y algo de sueño. Su ubicación a media montaña le otorga una perspectiva privilegiada. Todo aquí parece pensado para elevar los sentidos sin imponerse, para invitar sin exigir. Los Alpenglobes son una extensión natural de esa filosofía: espacios donde la naturaleza se integra con suavidad a cada experiencia.