L’Art de Vivre sobre Rieles: La Exquisita Metamorfosis del Grand Tour

Existe un placer casi místico en el acto de desaparecer. No me refiero a la ausencia, sino a esa forma exquisita de presencia que solo se alcanza cuando el mundo exterior se desvanece y solo queda el murmullo de la seda contra la madera de caoba. En este 2026, donde la velocidad es una vulgaridad, el Venice Simplon-Orient-Express se erige como el último templo del savoir-vivre.

Subir a bordo es, en realidad, un rito de iniciación. El personal, con esa cortesía coreografiada que parece extraída de una novela de entreguerras, te conduce a un universo donde el plástico no existe y donde cada superficie —del terciopelo azul noche a los grabados de Lalique— exige ser acariciada.

 

 

El Ritual del Atardecer: Entre Baccarat y Jazz

 

Mi tarde comienza en el Coche-Bar ‘3674’. Aquí, la luz dorada del crepúsculo se filtra por las ventanillas mientras el pianista interpreta una melodía que parece suspendida en el aire. Es el momento de lucir ese vestido de crepé de chine que aguardaba su oportunidad. El cóctel —un Guilty 12, quizás— se sirve en cristal de Baccarat, y el tintineo del hielo es el único reloj que aceptamos.

Lo más chic de este espacio no es quién está, sino cómo se está: una conversación susurrada, el aroma de un perfume de nicho y la sensación de que, mientras cruzamos la frontera hacia los Alpes, somos las dueñas absolutas de nuestro tiempo.

 

 

Una Geografía de los Sentidos

Cenar en el vagón ‘Côte d’Azur’ es lo más cercano a una experiencia de Alta Costura gastronómica. La mantelería de hilo, tan blanca que parece emitir luz propia, es el escenario para una selección de platos que son auténticos poemas visuales.

¿Qué se hace en el Orient Express? Se aprende a observar. Mientras el tren serpentea por los valles suizos, degustamos un risotto de trufa blanca que sabe a tierra húmeda y gloria. La experiencia no termina en el plato; continúa en la ventana, donde los picos nevados se transforman en sombras chinescas bajo la luna. Es el lugar ideal para practicar el arte de la mirada perdida, ese lujo que la vida urbana nos ha arrebatado.

 

 

La Intimidad del Santuario: Noches de Terciopelo

 

Al retirarse a la Grand Suite, el mundo se reduce a la perfección de unos pocos metros cuadrados. El mayordomo ha preparado el escenario: una botella de champagne en su punto exacto de frío y el brillo del mármol italiano en el baño privado.

En estas suites, inspiradas en ciudades como Viena o Estambul, se puede disfrutar de un desayuno privado en cama, envuelta en una bata de seda, viendo cómo el paisaje de Europa del Este se despliega como una cinta de cine mudo. Es el momento para la lectura profunda, para escribir notas en papel de alto gramaje o simplemente para contemplar cómo la luz de la mañana acaricia los bordados artesanales de las paredes.

Viajar en el Orient Express no es ir de un punto A a un punto B; es habitar una quimera. Es la elección de una mujer que sabe que la verdadera aventura no está en el destino, sino en la profundidad de la experiencia. Es el Grand Tour redescubierto: un viaje donde la sofisticación es el único equipaje imprescindible.