Al ritmo contemporáneo de Xiamen

Por Melanie Beard

En Xiamen, esa joya costera donde el mar respira hondo antes de besar la ciudad, descubrí un refugio que late al ritmo de lo contemporáneo y lo onírico: el W Hotel Xiamen. Llegué con la brisa perfumada del sur de China en mi piel, y desde el primer instante sentí cómo este hotel, un caleidoscopio caprichoso, expandía su magia en destellos de luz y color. Un juego travieso de reflejos que hipnotiza, aquí se celebra lo nuevo, lo próximo, lo inesperado.

Sus espacios vibran como si fuesen criaturas vivas: pasillos que respiran arte interactivo, lámparas que coquetean con la sombra, rincones que susurran historias de Fujian entre el modernismo eléctrico que define al W. En este jardín futurista, un “Garden by the Sea” reinventado en clave urbana, desde mi habitación —un santuario de diseño juguetón y comodidad exquisita— contemplé la ciudad como si fuese una constelación, un organismo palpitante que me invitaba a descifrarlo.

Muy temprano, antes de que el sol se deslizara del todo entre los edificios, descendí al FIT, ese templo de energía donde el aire huele a determinación y a renovación. El cuerpo se despierta allí como si recordara su poder. Después, como parte de un ritual casi hedonista, me deslicé hacia WET, la piscina donde el agua parece más líquida, más libre, más luminosa. Entre sorbos de cócteles frescos, el tiempo se volvió elástico; el mundo, sencillo y amable.

Pero fue en el corazón social del hotel, SOUNDSCAPE, donde el W empezó a revelarme su verdadera alma. El afternoon tea —una colaboración con Michael Kors que parecía diseñado para los amantes del detalle, del gesto mínimo que seduce— se servía con teatralidad suave. El té de jazmín liberaba su perfume delicado, y los bocados, pequeños manifiestos comestibles, bailaban entre lo clásico y lo travieso. La música, seleccionada con el esmero casi curatorial que distingue al W, envolvía la atmósfera como un abrazo sonoro. Allí, en ese salón donde la luz se posa de puntillas sobre cada superficie, uno siente que el tiempo se ralentiza, que la conversación se vuelve más bella, que la vida se mira en un espejo más amable.

Cuando cayó la tarde, mis pasos me llevaron a NINE, el restaurante que late desde el amanecer hasta la noche más profunda. Su arquitectura —bañada por luz natural y cubierta de vegetación suspendida— evoca un jardín encantado, uno de esos que aparecen en los sueños más creativos. Las estaciones culinarias en vivo son un espectáculo: chefs que doman el fuego, aromas que flotan como presagios deliciosos, ingredientes que relatan su propia historia. Cada plato era una carta de amor a la gastronomía internacional, reinterpretada con la frescura que Xiamen, con su carácter marítimo y su herencia multicultural, logra inspirar. Allí cené, dejándome llevar por sabores que hablaban de viajes, de mareas y de tierras lejanas.

Más tarde, atraída por un magnetismo casi lunar, subí a HEAT BAR, donde la noche adquiere un brillo distinto. Este bar, atrevido y vibrante, reúne lo imposible: una bañera de hidromasaje junto a una cabina de DJ, un ambiente que se mueve entre lo sensual y lo desenfadado. Los cócteles, inspirados en la antigua herencia Amoy de la isla, llevan en cada sorbo un guiño a las raíces de Xiamen. Bocados callejeros reinterpretados en clave sofisticada acompañan el vaivén de la música que enciende la piel.

Mi estancia en el W Hotel Xiamen fue un poema de luces, sabores y sonidos; un viaje sensorial donde cada detalle parecía guiñado a propósito para seducir. Afuera, la ciudad aguardaba como un amante paciente. Xiamen, con su historia de puerto colonial, sus callecitas donde se mezclan siglos y aromas, sus templos quietos y sus parques suspendidos sobre el mar, es una ciudad que invita al descubrimiento pausado. Un lugar donde la tradición y lo contemporáneo conviven como dos notas de una misma melodía.