Alaska la última frontera


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Alaska no te cabe en los ojos, ni en los pulmones, ni en el paladar y no deja de sorprenderte cada día que permaneces en ella.

Uno de los viajes más espectaculares que he podido hacer en mi vida es a Alaska. Es un lugar salvaje cuyo nombre proviene del vocablo aleutiano alyeska, que significa “tierra grande”, hace honor a su nombre, pero no sólo por el tamaño de su territorio sino también por sus excelsos paisajes y la naturaleza salvaje que denota. Quizá lo que más sorprende son sus panoramas de belleza brutal y su fauna indómita. Literalmente, es presenciar en vivo un documental de National Geographic.

Fue en el mes de septiembre del 2011, cuando Mikel y yo decidimos preparar un nuevo viaje a Alaska. Volamos desde Madrid en un trayecto realmente largo hasta la capital, Anchorage. En un 4×4 y recorrimos gran parte del país. Nuestro primer destino fue Talkeetna, un pequeño pueblo que sirvió de escenario para una serie norteamericana de los noventa llamada Northern Exposure al estilo western.

Luego nos dirigimos al Parque Nacional de Denali, el corazón de la vida salvaje en Alaska, donde se pueden ver una gran cantidad de osos pardos, caribúes, alces, carneros de dall, águilas reales y lobos. Tuvimos la suerte de avistar uno de estos bellos cánidos, en mi vida había visto uno y Denali me lo regaló, fue mientras la fiera cruzaba un río sin ninguna preocupación por la presencia humana. Una de las grandes virtudes de este parque es que los animales campan a sus anchas, uno es mero observador, un intruso en su hábitat natural.

Uno de grandiosos espectáculos de Alaska, y de Denali en particular, es el monte McKinley o Denali, la montaña más alta de Norteamérica, de más de seis mil metros de altura, que no sólo lo contemplamos desde la carretera sino también en helicóptero. ¡Esa fue otra experiencia extraordinaria! Además de sobrevolar la cordillera del parque, aterrizamos en un glaciar e hicimos una caminata por él. Pasando por Fairbanks, nos dirigimos hacia Valdez donde tomamos un ferry para atravesar el estrecho del Príncipe William; estos sitios son famosos porque, en 1989, el buque petrolero Exxon Valdez derramó más de 40 millones de litros de crudo, convirtiéndose en uno de los peores desastres ecológicos de EE.UU. Más de 25 años después y mientras navegábamos, veíamos marsopas, focas y nutrias marinas, además de bloques de hielo y glaciares. Tras unas horas de navegar, desembarcamos para dirigirnos en coche hasta Seward, en la península de Kenai.

En Seward hicimos dos rutas: una en un barco privado para ver ballenas jorobadas, nutrias marinas, leones marinos, muchas aves, entre ellas frailecillos, que son unos pájaros realmente simpáticos y coloridos; y luego, al otro día, en un catamarán surcamos hasta Fox Island, en Resurrection Bay, para hacer kayak.

Volvimos a Anchorage. Al día siguiente, tomamos un avión hasta un campamento remoto, en donde abordamos una avioneta que nos llevó al lago Naknek, en el Parque Nacional de Katmai. Allí nos esperaba uno de los objetivos de este viaje: ver a los grandes osos grizzli pescar salmones. En este parque, fuimos al Valle de las 10 mil Fumarolas, una zona de volcanes glaciales y escombros volcánicos que vivió la mayor erupción volcánica del siglo XX en 1912, 10 veces el tamaño de la erupción del Monte Santa Helena, el cual erosionó tan estrepitosamente que se oyó hasta Juneau en 1980. Hicimos un trekking por el valle, donde contemplamos un fantástico paisaje silvestre repleto de montañas ocultas bajo ceniza, hoyos y grietas, que son memoria de las antiguas erupciones.

Uno de los grandiosos espectáculos de Alaska son sus montañas, las más altas de Norteamérica.

Por fin, observamos a los osos grizzli pescar salmones. Pasamos tres noches en Brooks Camp, el área más visitada del parque, donde estos animales se congregan para alimentarse del salmón rojo en las cataratas o el río Brooks. El primer día, mientras caminábamos con dirección a las plataformas, equivocamos la ruta y nos topamos con un enorme oso grizzli, lo tuvimos a unos 7 metros de distancia. Me quedé muda, el corazón se me aceleró a mil por hora, era un oso imponente… Con cuidado, hablando suavemente, con movimientos lentos y sin perderlo de vista fuimos andando hacia atrás, alejándonos. El oso siguió su camino hacia la orilla del lago, muy rápido, más bien su zancada era grandísima, con lo que avanzaba muchos metros a la vez. Fue una vivencia alucinante tener a un oso de frente y una jornada muy emocionante. Al igual que en África o Indonesia, ver animales en libertad, en su hábitat natural, es una experiencia de sensaciones inigualables.

Todos los días, desde unas plataformas construidas expreso para contemplar a los osos grizzli, pasamos las horas con magnífico espectáculo. De regreso en nuestro alojamiento, comíamos el delicioso salmón, el mismo del que se alimentan los osos.

Nuestra aventura en la Alaska, la del espíritu salvaje, terminó cuando volvimos en hidroavión hasta King Salmon, y luego a Anchorage, donde degustamos el delicioso cangrejo rojo gigante. Al siguiente día, retornamos a casa. Recuerdo el vuelo de regreso cuando volábamos por encina de las interminables y nevadas montañas de Alaska, mi último paisaje de este gran viaje.

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