La otra maternidad: Madre es la que cría.

Por: Estrella Jiménez

“Si no tienes hijos no te vas a realizar como mujer.” “¿Por qué no tienes hijos, estás seca?” “El novio/marido te va a dejar porque no tienes hijos.”

Éstas son las frases que en diversas etapas de nuestra vida hemos escuchado de familiares y amigos las mujeres que no hemos podido ser madres biológicas, sea porque la naturaleza nos mandó “defectuosas” (porque siempre eres tú la defectuosa, no el novio o el marido) o porque optamos voluntariamente por no ser madres.

Como toda mujer latina, criada en un hogar muy tradicional, los planes de mis padres eran que estudiara una carrera, me casara y tuviera hijos.

Es más, creo que si me hubiera casado con una persona decidida a mantenerme, mis padres habrían estado felices de que yo fuera esposa, madre y ama de casa. Era lo lógico, siendo hija única y criada de una forma tan tradicional, que cumpliera lo que se suponía estaba escrito en las estrellas para mí.

Pero fui distinta…

Me gustó estudiar y me encantaron los desafíos intelectuales y laborables desde pequeña. Tuve mi primer trabajo a los 14 años, y desde entonces nunca dejé de laborar y tener mi propio dinero. El ser hija única también me hizo muy independiente, porque según yo solamente contaba conmigo, y creo que nunca tuve un instinto maternal como el que les veía a otras niñas o a mis primas.

Obvio, mientras ellas pedían muñecas bebés para la Navidad, yo pedía bloques para armar. Mientras ellas jugaban al té, yo atrapaba arañas en casas abandonadas para coleccionarlas.

Cada vez que alguien se acercaba a mi con un bebé para que lo tomara en brazos, me inventaba una excusa, como “estoy pasando por una gripe”, “tengo las manos sucias”, etcétera. Definitivamente, el instinto maternal no era lo mío, así crecí y nunca me sentí mal por ello.

Luego me casé, y junto con mi marido de ese entonces decidí esperar para tener hijos. Recuerdo que yo no tenía ninguna prisa y que jamás soñé con ser madre… Así pasaron ocho años y medio y nunca me embaracé. No pienso hacer un resumen de todos los tratamientos a los que nos sometimos para tener descendencia, mayormente por la presión social y familiar. Aquí voy a aclarar que no es que yo no quisiera ser madre; me daba lo mismo no serlo, pero la presión era mucha, y en algunos casos intolerable.

Bajo presión constante

Al tiempo que estaba bajo la presión constante de “cuándo van a tener un hijo”, mi carrera despegó, empecé a tener mayores responsabilidades y era feliz.

En ese momento, sin buscarlo, me llamaron de una agencia de adopción a la cual había dado servicios legales años atrás y me dijeron: “Tenemos una niña de 2 meses aquí, y por alguna razón solamente podemos pensar que tú serías la madre ideal para ella”. Esta frase cambió mi vida para siempre, y María, mi hija, hoy de casi 22 años, entró a mi vida de sopetón para hacerme entender que “madre no es la que da a luz, sino la que cría”, y para despertar ese instinto maternal que no tengo idea de dónde andaba escondido.

Luego no tuve más hijos. Me divorcié y al mismo tiempo me mudé a vivir a Nueva York para empezar una nueva vida y un nuevo desafío laboral. María, de 6 años, vino conmigo y nos convertimos en una sola persona, en un solo frente familiar.

Nos cuidamos y aprendimos una de la otra. El haber sido madre adoptiva en el momento más crucial de mi carrera profesional no fue un obstáculo para mí; al contrario, el escoger ser madre de María me dio la motivación para seguir logrando mis sueños, y el traer a mi vida a una niña que biológicamente no era mía despertó aquel instinto maternal que yo no creía tener.

Una en un millón de historias

La mía es una más de los millones de historias de mujeres que, como yo, no tuvieron hijos biológicos, sea por haberlo así decidido o porque el universo dijo “No”. Sin embargo, muchas de ellas hoy son mujeres realizadas como ejecutivas, empresarias, o quizá se quedan en casa. Pero todas son exitosas por sus propios logros y esfuerzos.

Se trata de mujeres como Rosario, cuyo matrimonio se rompió y decidió no tener hijos a no ser que fuese en una familia consolidada. El tiempo pasó, y hoy, además de ser una ejecutiva exitosa, comparte el tiempo acompañando a niños con cáncer en un grupo llamado Me Regalo la Oportunidad.

También está Leticia, que luego de diez años de casada no ha sido madre, pero que considera una suerte poder hacer con su tiempo lo que quiere o tener la oportunidad de tomar decisiones de último momento, como viajar sin estar pensando en las responsabilidades maternales, pero que por no ser madre no puede desarrollar relaciones de amistad muy cercanas con mujeres que sí lo son.

Finalmente está Laura Esther, quién decidió no ser madre porque siempre quiso desarrollarse financieramente y realizarse en su negocio primero. Encontró una pareja que apoyó su decisión. Hoy me dice que no tiene las preocupaciones ni la responsabilidad sobre otro ser humano. La entiendo, la admiro y no creo que sea una decisión egoísta, sino valiente.

Hoy ella vuelca su amor maternal en los hijos de una prima, hace caso omiso a las frases que oye a menudo, como “cuando seas viejita nadie te va a cuidar”. Viaja y estudia idiomas, tiene una vida social activa y siempre anda buscando maneras para seguir desarrollándose en el ámbito personal y en el profesional.

Si tú eres…

Así que si hoy tú eres una de las mujeres que han decidido retrasar el momento de ser madre, o no serlo nunca porque no eres maternal, porque quieres ser una mujer de carrera o porque quieres ser empresaria y edificar un imperio, porque prefieres cuidar sobrinos por horas pero no tenerlos permanentemente, si quieres en el futuro adoptar y no tener un hijo biológico por las molestias que implica cargar a un bebé en el vientre por nueve meses o engordar, haz lo que quieras; y cuando te digan “te vas a quedar sola”, “¿quién te va a cuidar de vieja?”, “¿cómo puedes vivir sin hijos?”, contéstales que los hijos no son complemento, ni un adorno; que no vas a traer hijos al mundo para que te mantengan o te cuiden de viejita. Y si se ponen muy necios, con una hermosa sonrisa en tus labios, contéstales: “Tengo a Cuca, mi perrita. ¿La puedo llevar a la fiesta de tus hijos?” o “préstame a tus hijos para la foto”.

Así somos felices y realizadas, ¿no?

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